Revista Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente. ISSN 2953-3554
Sección Actualidad

14 de julio de 2026

Argentina en el Mundial y la fabricación del villano perfecto: agenda woke, acusaciones de discriminación y operación política.

Cómo una parte del progresismo global convirtió a la selección argentina en blanco de una operación política que excede al fútbol y la presenta como símbolo de racismo, privilegio y cristianismo incómodo


Autor. Javier Alejandro Crea. Argentina

Por Javier A. Crea[1]

Hay una campaña para convertir a Argentina en el villano de este Mundial y esa campaña tiene mucho menos que ver con el fútbol de lo que pretende. Este texto no propone una lectura futbolística del episodio, sino una lectura jurídica y política del modo en que categorías como discriminación, racismo y privilegio son utilizadas en el espacio público con una ligereza que muchas veces prescinde de los datos y termina degradando el propio lenguaje con el que deberían nombrarse las exclusiones reales.

Lo que se está montando no es simplemente una polémica sobre penales, arbitrajes discutibles o interpretaciones del VAR, sino una operación discursiva en la que la selección argentina pasa a ser utilizada como símbolo de todo aquello que una parte de la agenda woke global considera políticamente condenable. En esa narrativa, Argentina ya no es un equipo que gana, pierde o juega mejor o peor, sino la encarnación de un supuesto Occidente blanco, cristiano, racista y privilegiado al que habría que denunciar incluso cuando la evidencia empírica no acompaña.

Por eso resulta llamativo que, de pronto, medios, comentaristas y hasta dirigentes que jamás se interesaron por el juego aparezcan hablando de un campeonato mundial de fútbol en un lenguaje casi judicial, como si estuvieran instruyendo una causa moral contra la Argentina. No se limitan a discutir jugadas. Instalan una sospecha general. La tesis es que Argentina estaría siendo favorecida por un sistema internacional que protege a ciertas naciones por su pertenencia cultural, racial o religiosa. El partido deja entonces de ser una competencia deportiva y se transforma en una excusa para proyectar una batalla cultural mucho más amplia, en la que el objetivo no es entender lo que pasó en la cancha, sino consolidar un relato previo.

La queja egipcia después del cruce de octavos de final ilustra bien ese desplazamiento. Tras la derrota frente a la Argentina, las autoridades futbolísticas de Egipto denunciaron un arbitraje “influyente”, pidieron revisar la actuación del equipo arbitral e impulsaron una narrativa de agravio institucional. Ese tipo de protestas puede ser perfectamente comprensible dentro de la temperatura emocional de un Mundial. Lo que ya no es normal es el uso posterior que ciertos sectores hacen de ese episodio para sostener que la Argentina sería el beneficiario predilecto de una maquinaria global de privilegio occidental. Allí el problema ya no es una jugada puntual, sino la necesidad de construir un culpable ideológicamente útil.

Conviene recordar que esto no empezó en este torneo. Durante Qatar 2022 ya comenzó a circular con fuerza la acusación de que la selección argentina expresaba una forma de racismo porque no tenía jugadores de color visibles en su plantel. La premisa era intelectualmente pobre, pero políticamente eficaz. Se tomaba una foto del equipo y, a partir de esa imagen, se extraía una conclusión moral total. Si la selección no reflejaba la diversidad étnica que ciertos observadores esperaban ver, entonces era racista. No importaban la historia demográfica del país, ni la composición real de su población, ni los datos censales. Lo que importaba era la posibilidad de incrustar a la Argentina dentro de una cartografía moral previamente diseñada.

Sin embargo, cuando aparecen los datos, la acusación empieza a perder densidad. El censo argentino incorporó preguntas específicas sobre autoidentificación afrodescendiente y organismos internacionales han trabajado con esos resultados recientes para dimensionar una realidad que durante mucho tiempo fue invisibilizada.[2] Según esas cifras, alrededor de 302.936 personas se reconocen como afrodescendientes o con ascendencia negra o africana, lo que representa aproximadamente el 0,7% de la población en hogares particulares.[3] Es una minoría pequeña en términos porcentuales dentro de un país de más de 46 millones de habitantes, con fuerte concentración en el área metropolitana y con una trayectoria histórica marcada por invisibilización, mestizaje y también por corrientes migratorias más recientes.[4] Nada de esto debe usarse para negar problemas de discriminación, pero sí para impedir que la demografía sea reemplazada por el prejuicio ideológico.

La cuestión central es bastante simple. Cuando un grupo representa menos del 1% de la población total, su ausencia circunstancial en una élite deportiva extremadamente competitiva no puede ser tomada automáticamente como prueba concluyente de exclusión racial sistémica. Podría serlo si existieran evidencias complementarias sólidas, si hubiera denuncias persistentes de bloqueo institucional, si los clubes impidieran su acceso o si se verificara una estructura de veto. Pero no es serio deducir todo eso únicamente a partir de una fotografía del seleccionado. Más todavía cuando el fútbol argentino muestra desde hace décadas que jugadores negros, afrodescendientes o extranjeros de origen africano pueden llegar a los clubes, ser aceptados, rendir y transformarse en figuras queridas por las hinchadas. El problema, por tanto, no es la preocupación por el racismo, que siempre es legítima, sino el uso panfletario de esa preocupación para afirmar como hecho probado lo que apenas funciona como consigna.

Algo parecido ocurre con las insinuaciones sobre una supuesta exclusión de musulmanes o de otras minorías religiosas. La población musulmana en la Argentina es reducida y su peso porcentual en el total nacional es limitado. Pretender que toda selección deba reproducir de manera exacta una diversidad religiosa idealizada revela hasta qué punto la agenda woke ha reemplazado el análisis social por una expectativa de representación simbólica permanente. En lugar de estudiar seriamente cómo operan las oportunidades, las trayectorias sociales o la distribución real de las minorías, se instala la idea de que toda ausencia constituye por sí misma una evidencia condenatoria. Esa forma de razonar no ilumina la realidad. La deforma.

El contraste con Egipto es particularmente incómodo para quienes distribuyen acusaciones morales con tanta facilidad. En Egipto, los cristianos representan entre el 10 y el 15% de la población, según distintas fuentes citadas en medios internacionales y organizaciones vinculadas a la libertad religiosa.[5] Se trata de una minoría grande, histórica, socialmente visible y muy arraigada. Sin embargo, no hay jugadores cristianos en la selección actual y desde hace tiempo existen señalamientos sobre obstáculos persistentes en el acceso de esos jóvenes al fútbol profesional. Allí sí aparece un patrón mucho más serio de exclusión, porque no estamos hablando de una comunidad ínfima desde el punto de vista estadístico, sino de una porción significativa de la sociedad nacional que no logra verse representada en el máximo nivel y que, además, denuncia barreras concretas.

Es precisamente en este punto donde la doble vara se vuelve inocultable. Quienes se escandalizan porque la selección argentina no ofrece la composición étnica o religiosa que ellos consideran deseable guardan un silencio muy prudente frente a casos donde la exclusión parece bastante más verosímil y donde el problema ya no es una lectura ansiosa de la foto, sino la existencia de un patrón social mucho más duro. La severidad moral se aplica con especial energía sobre la Argentina porque la Argentina cumple mejor el papel de villano adecuado para cierto progresismo internacional. Es una nación mayoritariamente blanca y mestiza, con tradición cristiana visible, con símbolos patrióticos fuertes y con una cultura futbolera emocionalmente intensa. Es decir, reúne muchos de los rasgos que esa sensibilidad ideológica ya ha decidido convertir en sospechosos.

Hay además un elemento que irrita especialmente a la agenda woke y que rara vez se menciona de manera frontal. La religiosidad visible de muchos jugadores argentinos. Imágenes de la Virgen, cruces, oraciones antes o después de los partidos, agradecimientos explícitos a Dios y gestos públicos de fe forman parte del paisaje cultural de la selección y de buena parte del fútbol argentino. Para una porción significativa del progresismo global, esta presencia cristiana explícita no es un dato sociológico más, sino una señal incómoda. El cristianismo es leído por ese universo como una tradición sospechosa, asociada al pasado colonial, a la moral conservadora y a un Occidente que debe ser permanentemente deconstruido. Por eso la selección argentina resulta doblemente irritante. No solo gana o compite bien. Lo hace sin pedir perdón por los símbolos culturales que porta.

Esa incomodidad ayuda a explicar por qué el Mundial se convirtió en un escenario tan apto para reactivar acusaciones de discriminación, privilegio y favoritismo. Cuando una selección con identidad nacional fuerte, con religiosidad visible y con una composición demográfica coherente con la realidad histórica del país alcanza protagonismo global, ciertos sectores sienten la necesidad de neutralizarla moralmente. No alcanza con discutir su juego. Hay que convertirla en sospechosa. Hay que instalar que algo oscuro la sostiene, que algo estructuralmente injusto explica sus resultados, que detrás del equipo hay una forma encubierta de superioridad cultural o racial. Así, el deporte queda absorbido por una lógica de denuncia permanente donde todo éxito necesita ser degradado en nombre de alguna culpa.

Desde una mirada más jurídica y política, lo preocupante es el tipo de pedagogía pública que esta operación promueve. En lugar de enseñar a pensar con datos, contextos y matices, enseña a dictar sentencia desde la superficie. En lugar de distinguir entre discriminaciones reales y proyecciones ideológicas, licúa toda diferencia y transforma cualquier desajuste estadístico en condena moral. Esa lógica no solo empobrece la discusión sobre el fútbol. Empobrece también la comprensión de los derechos, de las minorías y de la desigualdad, porque reemplaza el análisis de las situaciones concretas por una retórica de imputación automática. El problema de fondo no es solo que se acuse injustamente a la Argentina. El problema es que se degrada el propio lenguaje con el que deberían nombrarse las discriminaciones verdaderas.

La Argentina, por supuesto, no es una sociedad perfecta ni está exenta de racismo, exclusión o prejuicios. Pero justamente por eso conviene rechazar con firmeza la caricatura. Una cosa es asumir esos problemas con seriedad y otra muy distinta es aceptar que una selección de fútbol sea utilizada como blanco simbólico de una cruzada cultural que necesita fabricar culpables para sostener su propia narrativa.

Lo que estamos viendo en este Mundial no es solo una discusión deportiva. Es una nueva manifestación de cómo la agenda woke global convierte hechos complejos en relatos morales simples y utiliza acusaciones de discriminación, racismo o privilegio no siempre para proteger a minorías reales, sino para ordenar políticamente el mundo entre culpables predeterminados e inocentes automáticos. En esa operación, Argentina funciona hoy como el villano perfecto. No porque los hechos lo demuestren, sino porque el papel ya estaba escrito de antemano.

Notas

[1] Abogado, egresado de la Universidad de Morón. Especialista en Justicia Constitucional y Derechos Humanos (Universidad de Bolonia), en Derecho Constitucional y en Derecho y Política de los Recursos Naturales y del Ambiente (Universidad de Buenos Aires), y en Derecho Ambiental (Universidad de Belgrano). Maestrando en Defensa Nacional (Universidad de la Defensa Nacional) y en Derecho Constitucional (Universidad de Buenos Aires). Diplomado en Gestión de Proyectos Culturales (Universidad Nacional de Quilmes). Responsable de Extensión e Investigación de la Carrera de Abogacía y de los Posgrados de la Universidad de Morón, Sede Central. Vicepresidente de la Asociación Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente (AIDCA), donde dirige Institutos y Actividades Académicas y codirige los Institutos de Derecho Antártico y Gestión Polar y de Derecho Constitucional y Derechos Humanos. Director de la Diplomatura en Derecho Antártico, Gestión y Logística Antártica Ambiental y codirector de la Diplomatura en Misiones de Paz en el Derecho a la Seguridad Internacional (Universidad de Morón–AIDCA). Subdirector del Instituto de Derecho de Ecología, Medio Ambiente y de los Recursos Naturales y Energéticos del Colegio Público de Abogados de la Capital Federal. Investigador y docente de grado y posgrado. Codirector de la Revista Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente y miembro del consejo editorial de Confrontos (Universidad de Itaúna, Brasil) y de la Revista Científica Monfragüe (Extremadura, España).

[2] INDEC, “Reconocernos desde la Cultura en el Censo 2022”, Ministerio de Cultura de la Nación, Buenos Aires, 25 de abril de 2022, disponible en: <https://www.argentina.gob.ar/noticias/reconocernos-desde-la-cultura-en-el-censo-2022>; y Global Voices, “Argentina’s census to include questions on gender identity and ethnicity”, 3 de mayo de 2022, que destacan la inclusión, por primera vez, de preguntas de autorreconocimiento étnico —incluyendo afrodescendientes— en el Censo 2022.

[3] INDEC, Censo Nacional de Población, Hogares y Viviendas 2022, “Población afrodescendiente o con antepasados negros o africanos”, Buenos Aires, 2024, p. X: la población en viviendas particulares que se reconoce afrodescendiente o tiene antepasados negros o africanos totaliza 302.936 personas y constituye el 0,7% del total de las personas que habitan en viviendas particulares.

[4] INDEC, “Resultados provisionales Censo 2022: en la Argentina somos 46.044.703 habitantes”, sitio oficial del Censo 2022, 31 de enero de 2023; e INDEC, “Población afrodescendiente o con antepasados negros o africanos”, cit., donde se registra que el 55,9% de esa población reside en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires y la provincia de Buenos Aires. Sobre invisibilización histórica, mestizaje y migraciones africanas recientes, véase también Global Voices, “Argentina’s census to include questions on gender identity and ethnicity”, cit., y trabajos de difusión sobre población afroargentina basados en los datos del Censo 2022.

[5] Véase, entre otros, Minority Rights Group International, “Copts in Egypt”, 2024, que indica que, según organismos de monitoreo internacional, al menos el 10% de la población egipcia es cristiana, con clara predominancia de la Iglesia ortodoxa; y The New Arab, “Egypt’s World Cup run revives debate over missing Christian players”, 8 de julio de 2026, que señala que los cristianos representan alrededor del 10–15% de la población pero no hay jugadores cristianos conocidos en la selección nacional actual y recoge denuncias de discriminación estructural en los procesos de detección y selección de futbolistas.

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