Revista Iberoamericana de Derecho, Cultura y Ambiente
RIDCA - Edición Nº9 - Discapacidad y Derechos
Natalia Mendoza. Directora
Julio de 2026
Discapacidad y entornos: una mirada neuroafirmativa más allá del diagnóstico
Autor. Julieta Cartelli. Argentina
Por Julieta Cartelli[1]
Hablar de discapacidad, accesibilidad y entornos no es para mí solo una cuestión teórica o profesional: también atraviesa mi propia experiencia de vida.
Soy mujer autista y arteterapeuta especializada en neurodivergencias. Desde mi recorrido personal, mi formación y mi trabajo acompañando a personas neurodivergentes, considero que una de las transformaciones más necesarias es revisar la pregunta desde la cual miramos la discapacidad.
Durante mucho tiempo, la sociedad se preguntó qué le faltaba a una persona, qué debía corregir, qué debía superar o cuánto podía acercarse a aquello que se considera normal. Sin embargo, una perspectiva social y de derechos nos invita a formular otra pregunta: ¿qué barreras encuentra esa persona en el entorno?
Del modelo médico al modelo social
Históricamente, la discapacidad fue pensada desde una mirada médica centrada en el diagnóstico, el déficit o la limitación individual. Desde ese enfoque, el foco queda puesto casi exclusivamente en la persona: en su cuerpo, en su mente, en su forma de comunicarse, de moverse, de aprender, de sentir o de vincularse.
Esta forma de mirar tuvo, y todavía tiene, consecuencias profundas. Cuando todo se interpreta únicamente desde lo médico, la inclusión suele reducirse a un esfuerzo de adaptación individual. La persona debe encajar, compensar, disimular, rehabilitarse o funcionar lo más parecido posible a la mayoría.
El modelo social de la discapacidad propone un cambio fundamental: la discapacidad no surge solamente de una condición individual, sino también de la interacción entre esa condición y un entorno que no siempre está preparado para alojar la diversidad humana.
Una persona usuaria de silla de ruedas no encuentra barreras solo por su forma de movilidad, sino por la ausencia de rampas, ascensores, baños accesibles o transporte adecuado. Del mismo modo, una persona autista, TDAH o neurodivergente no enfrenta dificultades únicamente por su forma de procesar el mundo, sino también por entornos ruidosos, impredecibles, rígidos, sobreexigentes o comunicacionalmente confusos.
La barrera no siempre está en la persona. Muchas veces aparece en la forma en que fueron pensados los espacios, las instituciones y las prácticas sociales.
Una mirada neuroafirmativa
Desde una perspectiva neuroafirmativa, las diferencias neurológicas no son errores que deban corregirse. Son formas válidas de procesar, sentir, percibir, comunicar y habitar la realidad.
Esto no significa negar las dificultades. Muchas personas neurodivergentes necesitamos apoyos reales, ajustes razonables, acompañamiento y entornos accesibles. Pero una cosa es reconocer necesidades de apoyo y otra muy distinta es pensar que la persona debe ser modificada para ser aceptada.
La mirada neuroafirmativa no romantiza la discapacidad ni borra el sufrimiento. Lo que propone es ubicar ese sufrimiento en un contexto más amplio. En muchos casos, el malestar no surge únicamente de la diferencia, sino de espacios que no contemplan esa diferencia.
Una persona autista puede no presentar una dificultad por no mirar a los ojos, pero sí puede experimentar malestar si se la obliga constantemente a hacerlo. Puede necesitar silencio y agotarse si todos los espacios exigen tolerar ruido, luces intensas y estímulos permanentes. Puede desear participar, pero sentirse excluida si solo se considera válida una única forma de hablar, responder o vincularse.
Cuando el entorno discapacita
Los entornos no son neutros. Pueden alojar, cuidar y facilitar. También pueden obstaculizar, saturar o excluir.
Un aula con luces fuertes, ruidos constantes y poca anticipación puede convertirse en un espacio inaccesible para una persona con sensibilidad sensorial. Un consultorio donde no se escucha el relato de quien consulta puede volverse un lugar inseguro. Un trabajo que solo valora la disponibilidad permanente, la rapidez y la hiperproductividad puede dejar afuera a quienes necesitan otros tiempos y otras formas de organización.
Lo mismo ocurre en la vida social. Muchas veces se interpreta el silencio como falta de interés, una crisis como mala conducta, la necesidad de retirarse como mala educación o la dificultad para responder rápido como desinterés. Pero esas lecturas suelen decir más sobre las expectativas del entorno que sobre la persona.
En discapacidad, y especialmente en neurodivergencia, necesitamos dejar de mirar únicamente la conducta visible y empezar a preguntarnos qué está sucediendo alrededor.
¿Qué estímulos hay?
¿Qué demandas se están acumulando?
¿Qué apoyos faltan?
¿Qué formas de comunicación no están siendo respetadas?
¿Qué expectativas sociales se están imponiendo?
¿Qué costo tiene para esa persona sostenerse en ese espacio?
Estas preguntas no son menores. Cambian la intervención, la convivencia y la manera de pensar la inclusión.
Accesibilidad no es solo una rampa
Cuando hablamos de accesibilidad, muchas veces pensamos primero en rampas, ascensores o adaptaciones arquitectónicas. Son fundamentales, por supuesto. Pero no alcanzan.
La accesibilidad también puede ser sensorial, comunicacional, cognitiva, emocional, social y actitudinal.
La accesibilidad sensorial implica considerar luces, sonidos, olores, texturas, temperatura, cantidad de estímulos y posibilidad de pausa.
La accesibilidad comunicacional implica brindar información clara, anticipada y, cuando sea necesario, también por escrito. Supone evitar dobles sentidos, ambigüedades o instrucciones confusas cuando la situación requiere precisión.
La accesibilidad cognitiva implica organizar la información de manera comprensible, secuenciada y concreta, respetando distintos ritmos de procesamiento.
La accesibilidad emocional implica comprender que una persona desbordada no necesita ser retada, expuesta ni ridiculizada. Necesita apoyo, tiempo, respeto y un entorno que no intensifique la crisis.
La accesibilidad social implica permitir diferentes maneras de participar. No todas las personas pueden o quieren hablar en grupo, mirar a los ojos, responder de inmediato, permanecer mucho tiempo en un espacio o interactuar de la misma forma.
Y la accesibilidad actitudinal quizás sea una de las más urgentes: dejar de mirar a la persona con discapacidad como una carga, una excepción, una molestia o un problema a resolver.
El costo de camuflarse
Muchas personas neurodivergentes aprendemos desde temprano a camuflarnos. Aprendemos a copiar gestos, forzar expresiones, mirar aunque incomode, sostener conversaciones aunque agotemos todos nuestros recursos internos, disimular molestias sensoriales, callar necesidades y parecer funcionales.
Desde afuera, muchas veces eso se interpreta como adaptación. Pero por dentro puede tener un costo importante: ansiedad, agotamiento, crisis posteriores, desconexión corporal, pérdida de identidad y sensación de no poder existir de manera auténtica.
Por eso, no alcanza con celebrar que una persona se adapta. También es necesario preguntarse cuánto esfuerzo sostiene esa adaptación y qué apoyos podrían reducir ese costo.
Una inclusión que exige camuflaje permanente no garantiza participación plena. Puede convertirse en una forma de supervivencia social.
Participar no debería implicar desaparecer detrás de una máscara aceptable. Debería ser posible estar, aprender, trabajar, crear y vincularse sin tener que renunciar a las propias necesidades.
De corregir personas a transformar entornos
Cambiar la forma de pensar la discapacidad implica dejar de medir a las personas según su cercanía o distancia con una supuesta normalidad. No se trata de lograr que todas funcionen igual, aprendan igual, se comuniquen igual o regulen sus emociones de la misma manera. Se trata de construir contextos donde distintas formas de ser puedan existir con dignidad.
Esto requiere ajustes concretos, pero también un cambio cultural.
En educación, implica dejar de interpretar toda diferencia como problema de conducta o falta de voluntad.
En salud, implica escuchar más y patologizar menos.
En el trabajo, implica revisar qué entendemos por productividad, presencia y desempeño.
En los espacios culturales, implica pensar propuestas accesibles desde el inicio y no como excepción.
En la vida cotidiana, implica aceptar que no todas las personas necesitan lo mismo para estar bien.
Los entornos accesibles no benefician solo a las personas con discapacidad. Benefician a toda la comunidad. Un espacio con información clara, menos sobrecarga, más anticipación, pausas posibles y vínculos respetuosos es mejor para muchas más personas de las que imaginamos.
Escuchar a quienes viven la experiencia
Ninguna política, institución o propuesta de inclusión debería construirse sin escuchar a las personas con discapacidad. Durante demasiado tiempo se habló sobre nosotras sin nosotras. Se decidió qué necesitábamos sin preguntarnos. Se diseñaron apoyos desde afuera, muchas veces con buenas intenciones, pero sin comprender la experiencia vivida.
Escuchar no es solo invitar a una persona a contar su historia. Escuchar también implica tomar en serio lo que dice, modificar prácticas, revisar privilegios, cambiar estructuras y aceptar que muchas veces la incomodidad no está en la diferencia, sino en la resistencia del entorno a transformarse.
La inclusión no puede quedarse en el discurso. Necesita formación, recursos, ajustes reales, participación activa de personas con discapacidad en los espacios de decisión y una revisión profunda de las prácticas que todavía excluyen, infantilizan o invalidan.
Cierre
Pensar la discapacidad desde los entornos no significa negar los diagnósticos ni las necesidades de apoyo. Significa comprender que ninguna persona existe aislada de las condiciones que la rodean.
Una sociedad verdaderamente inclusiva no es aquella que enseña a las personas a soportar más, disimular mejor o adaptarse a cualquier costo. Es aquella que revisa sus propias barreras y asume la accesibilidad como una responsabilidad colectiva.
Cambiar la mirada sobre la discapacidad implica dejar de preguntarnos cómo hacer para que una persona encaje en entornos que no contemplan sus necesidades, y empezar a preguntarnos qué transformaciones hacen falta para que más personas puedan habitarlos con dignidad.
La inclusión no debería consistir en corregir cuerpos, conductas o formas de existir. Debería orientarse a construir entornos donde la diversidad humana no sea tolerada como excepción, sino reconocida como parte legítima de la vida en comunidad.
Notas
[1] Mujer autista. Arteterapeuta especializada en neurodivergencias. Diplomada en Espectro Autista y en Atención y Estimulación Temprana. Cuenta con certificaciones en neurodivergencias y derechos humanos. Cofundadora de Zona Divergente, espacio de acompañamiento, talleres y comunidad para personas autistas y neurodivergentes jóvenes y adultas.
Instagram: @soymujerautista
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